viernes, 21 de marzo de 2014

Artista y público, binomio simbiótico.

     Todos aquellos que nos dedicamos a la creación de obra artística, sin importar a qué arte nos dediquemos, tenemos algo en común, pasamos años preparándonos, aprendiendo técnicas, desarrollando las habilidades necesarias para hacer aquello que amamos. Y, por regla general, el proceso creativo es suficiente para hacernos felices. Sin embargo, la creatividad en sí misma no es suficiente para subsistir. Nos guste o no precisamos vender nuestra creación para obtener recursos para vivir y seguir creando. Es en éste punto donde se ponen los verdaderos bemoles de nuestra actividad.
        No voy a hablar sobre las personas que, en pleno siglo XXI siguen aceptando la romántica idea de que, para que el arte pueda ser llamado así, debe crearse sin aspiraciones monetarias. Por muy respetable que sea su punto de vista yo, como muchos de nosotros, tengo la necesidad de comer para vivir y no creo que buscar ganar dinero con lo que sé hacer sea, necesariamente, "prostituir mis habilidades artísticas".
        No sé si comparten mi experiencia pero a mi me ocurrió que, al salir de la escuela y enfrentarme a la actividad profesional, me quedé con un enorme signo de interrogación en el rostro, ¿ahora cómo le hago para ganar dinero? ¿Ahora como vendo mi producto?


        Ésa es la palabra clave, me parece, vender. El arte, como cualquier otra actividad humana, está sujeta a las reglas de la economía de mercado. Siempre habrá alguien que lo desarrolle mientras exista otro que desee adquirirlo. ¿Por qué, entonces, es tan difícil encontrar a ése comprador?
      Les compartiré la conclusión a la que me he llegado, el arte no tiene ninguna utilidad práctica. No podemos comerlo, no podemos abrigarnos con él, no nos proporciona estatus (hay algunos que sí lo usan para ello pero, por lo general, resultan ser unos pomposos "coleccionistas").
         Lo anterior no quiere decir que el arte sea inútil, cualquiera que ya haya sido "picado por el bicho de la estética" te puede asegurar que ser público recurrente le produce un placer, le ha cambiado la vida.
Aún así, ¿cómo le das a entender un intangible a alguien que no lo conoce?
      Existen intentos, todos podemos ver como hay maestros que, en su búsqueda por inculcar el amor al arte a sus educandos, los arrastran a teatros, galerías y salas de conciertos. Pero, ¿es suficiente? Pensando un poco más pesimista, ¿funciona?
       Existen muchas historias de personas, artistas, que relatan cómo ésa primera vez que fueron al teatro, de la escuela o con sus padres, se despertó en ellos algo hasta esos momentos desconocido. Sabían, en ese momento, que habían encontrado su destino. Por muy hermosos que resulten éstos relatos, debemos aceptar que la realidad nos manda que la mayoría de las personas no funcionaremos de esa forma, no todos tenemos la fortuna de enamorarnos del arte de forma tan fortuita. Sin embargo, todos tenemos la capacidad de sentir, ya sea como público o creativo, afinidad al arte.
       De entrada, un muchacho cuyos padres no lo acercaron a las.artes durante su tierna infancia, tienen muy pocas posibilidades de desarrollar una afición por el mismo. Entonces, ¿es completamente inútil el esfuerzo de los profesores? Me niego a pensarlo así, aunque sí creo que es deficiente.
     Mis conclusiones las obtengo de analizar la respuesta de mis compañeros y amigos de escuela. Todos fuimos a ver las mismas exposiciones, los mismos conciertos, las mismas funciones de teatro y danza; aún así, sólo yo me dedico a ésto. Peor aún, cuando empecé a trabajar profesionalmente e invitar a mis ex compañeros a mis funciones, llegué a recibir la respuesta, "a mí no me gusta el teatro. Iba porque nos obligaban". Difícilmente la respuesta de alguien que ha visto más de una decena de obras, ¿cierto?
     Ver teatro, escuchar música, leer etc. es importante. Nadie puede hacerse público del arte sin estar expuesto constantemente al mismo. Sin embargo, eso no es todo. El arte es una actividad social, es una cultura que se genera mediante la interacción con los demás. Lo más rico y emocionante de ir al teatro no ocurre al estar sentado disfrutando de la obra, sino después, al estar con los amigos, la familia, tomando un café e intercambiando experiencias, platicando lo que a cada quien le gustó o no del trabajo que presenciaron. 
      Hay que hacerle saber a la gente que, sea la primera vez o la enésima que presencia un trabajo artístico, su opinión es importante y válida. No se necesita ser experto para tener un gusto, ése se tiene por aquello que conoces y se desarrolla y hace más exigente mientras veas más cosas. Quitémosle el velo de snobismo al arte. El arte es para todos.
      La próxima vez que veas a un muchacho de secundaria en una galería, haciendo malabares para sostener su cuaderno y escribir sin tropezar, copiando la información que viene en los tarjetones bajo el cuadro, acércate y platica con él sobre la obra que están viendo. Es cierto, existe una enorme posibilidad de que te manden al diablo por metiche, pero también puede ser que logres tocar y sacar del letargo a un futuro público del arte. Si tu disfrutas ésta actividad, compártelo con el mundo.

Guillermo Herrera

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miércoles, 26 de febrero de 2014

Las modas y su influencia en las artes escénicas.

     Salir a un centro comercial y ver a la mayoría de las asistentes vistiendo leggins con grabados similares; presenciar las sensibles peleas que tienen los fans de tal cantante en contra de los seguidores del grupo pop del momento; o ver a un niño de 12 años desdeñar su regalo de navidad simplemente porque no tenía una manzanita en su logo; son claros ejemplos de cómo la gente rige sus gustos por lo que dicta la moda. Ése ha sido el modus operandis de la sociedad que, desde tiempos inmemoriales, pretende ser aceptada por sus iguales. No es algo que me guste pero tampoco puedo condenarlo.
     Donde sí lo encuentro lastimero es en el mundo de las artes escénicas. No puedo generalizar. No sé cómo trabajan los grupos en otras partes del mundo. Sin embargo, aquí en mi ciudad, Guadalajara, he notado, desde hace ya varios años una constante, la cartelera teatral se ve dominada por montajes realizados, aparentemente, en serie. Es decir, se pone de moda llevar a escena a cierto dramaturgo, trabajar en algún estilo escénico específico o con un tema recurrente.

     Estoy completamente de acuerdo que no existe la originalidad "en bruto". Si tu formación ha sido llevada correctamente has visto una gran cantidad de obras de otros creativos. Dichos trabajos van a influir, inconscientemente, en aquello que estés creando. Todos vamos a tomar aquellas cosas que hemos experimentado y formar con ello una especie de catálogo, de donde sacaremos y reorganizaremos recursos que conformarán una nueva creación. No hay forma de escapar a éste modo de funcionar de la mente.
     Sin embargo, dado que todos nosotros hemos vivido, leído, visto, escuchado cosas diferentes; los elementos que conforman nuestro "catálogo creativo" deben ser distintos de una a otra persona y si dos personas tenemos ideas muy afines al mismo tiempo debería ser una enorme coincidencia. Cuando veo que el 90% de los trabajos escénicos tienen características similares sólo atino a pensar que no puede existir tan grande casualidad.
     La primera vez que noté éste fenómeno fue hace ya más de una década cuando, por motivo de la Feria Internacional del Libro, se regalaron colecciones de libretos de dramaturgos originarios del país invitado, dramaturgos que, hasta ése momento, eran desconocidos en éstas tierras. A partir de ahí todos se dedicaron a montar obras originarias de aquellos autores, ni siquiera buscaron más dramas de aquel país.
     Tiempo después visitó la ciudad "Slava's snow show" y volvió a suceder, la escena se vio dominada por "actores" con narices rojas.
     Me atrevo a escribir actores entre comillas por el motivo que considero de mayor gravedad en éste asunto de las modas escénicas. Las modas son, por su naturaleza, cambiantes, breves; lo que quiere decir que, en cuestión de técnica, no te permiten entrenarte lo suficiente, dominar los conocimientos adquiridos, antes de cambiar para adecuarte a la nueva tendencia. Por tal razón los resultados eran un montón de actores que, tras un curso de 2 días(en el mejor de los casos, a veces ni siquiera tenían un entrenamiento), sentían que sabían y dominaban las particularidades de un arte tan complejo como el Clown. Éso me parece increíblemente ofensivo para aquellos que se preparan adecuadamente en un estilo y/o técnica determinado, así como para el público que asistía a ver lo que se anunciaba como un espectáculo de Clown y terminaba siendo un patético esfuerzo por hacerse los chistositos en escena.
     Así podemos recorrer las modas que se han instalado en mi ciudad, el teatro del cuerpo, los bio-dramas, actores que se enclaustran 4 horas antes de salir a escena, actores que están platicando fuera del teatro 15 minutos previos a la tercera llamada, entre muchas otras.
     No quiero, de ninguna manera, decir que hay técnicas, estilos, dramaturgos o temas mejores que otros. Por razones obvias hay algunos que me gustan y otros con los que no comulgo. Es más, permítanme agregar que no encuentro nada de malo que experimentemos diferentes formas de abordar el trabajo escénico, pero a consciencia, no por moda; de otra forma dicho experimento denigrará en un mero intento de tocar la flauta como aquel burro afortunado. No podemos comprobar aquello que desconocemos su funcionamiento.
     De la misma manera me he encontrado con personas que van al otro extremo. Desdeñan cualquier cosa que otros utilicen, con la finalidad de alejarse de dichas tendencias y ser únicos y originales.
     En ambos casos veo el mismo problema, están empezando el acto creativo a partir de lo que otro está haciendo. El arte es un medio de comunicación, en el cuál una persona utiliza los elementos técnicos a su alcance para mostrar algo de sí mismo. Por ésta razón encuentro que, el seguir las tendencias por el simple hecho de estar a la moda, es una contradicción del trabajo que pretendemos realizar.
     Resuelve la escena aplicando los recursos que mejor comuniquen tu mensaje, no aquellos que mejor se adecuen a la norma establecida.

Guillermo Herrera


     En HePa Producciones estamos muy interesados en compartir nuestros puntos de vista, pero sabemos que no son absolutos. Por eso nos interesa escuchar tu opinión. Ponemos a tus órdenes nuestras redes sociales para que nos compartas qué opinas de las modas escénicas. Gracias por tu lectura.

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viernes, 14 de febrero de 2014

Recuerdos de juventud: Mi primer amor

     Hace 17 años me enamoré. Nunca he sabido por qué en ése preciso momento, por qué no había pasado antes, ni me había llamado la atención de ésa manera. Solo puedo decir que sucedió.
      Por esas fechas yo era un adolescente y, como es natural de los primeros amores, dediqué mis horas en idealizar una relación. Me imaginaba siendo aceptado, amado y tratado como los dioses; en mi mente ambos nos entendíamos perfectamente, nos completábamos a la perfección. Ya les digo, una relación ideal.
     Relación que sería inexistente porque, una de las constantes de mi vida, en ésos entonces, era una completa ausencia de valor para encarar los riesgos de obtener lo que deseaba. Entonces me quedé simplemente viendo de lejos.

      
No puedo decir que no me dolió la pérdida, pero lo que más me pesaba era mi propia falta de coraje, saber lo que quería y dejar que se me escapase entre las manos, verme inútil al vencer mis miedos, no poder decir en voz alta lo que por dentro me quemaba; éso era lo que me carcomía y, como todo buen adolescente, me sumió en un período de depresión.
      Pero el destino nos reunió. Pasaron cuatro años para dicho encuentro pero ocurrió. En ésta ocasión la "chispa" que existía, renació con mucha más intensidad. No podía, ni quería que las cosas siguieran siendo meramente platónicas, ya no era un mocoso de 13 años.
      Entré en acción, no directamente ya que mis viejos hábitos no habían muerto del todo, sino a través de otras personas. Casualmente, hacía preguntas clave a gente con más información que yo, con el objetivo de hacerme una imagen más fidedigna, en lugar de la idealizada creación de mi niñez. Así fui aprendiendo todo lo que podía, acercándome, sin arriesgarme al rechazo.
      Llegó un momento, 1 año después (así de falto de coraje era), en que una nueva separación era inminente, ésta vez sería definitiva. Reuní todas las fuerzas que tenía en mi interior, me armé de todo el valor que mi escuálido cuerpo me permitía, tomé una profunda respiración y me lancé a lo desconocido.
      Fui aceptado. Comencé una relación. Una relación que era muy diferente a lo que había imaginado. Es completamente lógico pensar que las cosas no eran tal como las había imaginado, aún así era fabuloso.
     Me encontré con la eventualidad que no todos estaban felices con mi nueva elección. Había quienes querían que terminara. Incluso algunos de aquellos a los que les pedí información en un principio, estaban en contra de mi decisión. Les gustaba, pero no para mi. Afortunadamente no les hice caso.
      Seguí adelante, a pesar de las presiones, a pesar de los malos momentos; me aferré a lo bueno y continué adelante.
     Tiempo después formalicé mi relación, para el disgusto de algunos miembros de mi familia. Desde entonces mi dinámica cambió, tuve que cambiar un poco mis costumbres, lo cual, nuevamente, no fue del completo agrado de las personas más cercanas a mí. Los cambios suelen generar tal reacción en la gente.
      Años después, las cosas se iban tornando un tanto difíciles. No me da pena reconocerlo (no después de tantos años), consideré renunciar a todo, no por falta de amor, sino por problemas añadidos a una, naturalmente complicada, relación. Me separé un tiempo.
     En dicha separación me di cuenta de lo que realmente significaba para mi. No podía vivir así, no me sentía completo. Entonces regresé e hice todo lo que estaba en mi poder para fortalecer la relación, sin importarme lo que pasara a mi alrededor, sin importar lo que dijeran los demás, sin importar las carencias. No podía volver a permitir ésa separación.
     Desde entonces las cosas han ido muy bien. Estoy más feliz que nunca. Hemos tenido nuestros momentos buenos y nuestros tropezones, sin embargo, no puedo concebir mi vida de ninguna otra manera, no puedo imaginarme alejado de mi primer gran amor, EL TEATRO.
     Con el tiempo encontré una maravillosa mujer a la cual amo sin igual. Lo mejor de todo es que ella comprende, acepta y apoya mi eterna pasión por el arte escénico, por mi carrera dentro y fuera de los escenarios. No podría pedir nada mejor. Soy feliz con mis dos amores.
     Espero hayan disfrutado éste cursi relato. Quedo a sus órdenes.

Guillermo Herrera

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martes, 11 de febrero de 2014

Los actores y cómo son percibidos por la sociedad

      Todo padre quiere lo mejor para sus hijos, quiere que, cuando crezcan y llegue el momento de valerse por sí mismos, puedan hacerlo de manera "segura". Por ésta razón tantos padres se vuelcan de alegría cuando sus vástagos se deciden por carreras como medicina, leyes, administración entre otras favoritas de la gente.
      Ésto no termina aquí, ya que en un futuro, en cualquier reunión social, cada que encontremos a uno de éstos profesionistas, aprovecharemos el encuentro para hacerle consultas, que no generen honorarios, y salir de todas nuestras dudas legales, confirmar que las decisiones presupuestales tomadas sean las correctas, recibir asesoría en el manejo de nuestra computadora o teléfono o, en el caso más frecuente, aliviar nuestras dolencias físicas.
     Pero ¿qué pasa cuando encontramos, en dicha reunión, a un actor? ¿Qué se les pregunta? Nada, absolutamente nada. No saben cómo conversar con uno. Como mucho dirán, "¿en serio? Órale, ¡qué bien!", quizá muestren interés por saber si estás presentando una función en el futuro próximo o, en el peor de los casos, te hacen la pregunta imposible de contestar "¿qué obras has hecho?"; como si conocieran muchas obras con solo mencionar sus títulos.


      De ninguna manera pretendo decir que sea culpa de ellos, no saben cómo conversar con los actores (con ningún artista, siendo sinceros) porque no ven ninguna utilidad para nuestra profesión, no encuentran ningún beneficio en alguien como nosotros, no nos ven como alguien digno de emular. Pero entonces, ¿cómo nos ven?
      Todos saben que la naturaleza de nuestro arte es la creación de una ficción, creernos ser personas que no somos, que estamos en otro lugar que no es un foro teatral y que nos están pasando cosas que, en realidad, solo estamos pretendiendo. En pocas palabras, nuestro trabajo es hacer lo mismo que los niños hacen cuando juegan con sus juguetes o a los "policías y ladrones", asimilar como verdad aquello que sabemos que es mentira. Por lo tanto, no es de extrañar, que la impresión que demos a muchas personas ajenas al quehacer escénico, sea la de unos infantiles e inmaduros seres que hacemos lo impensable por aferrarnos a nuestra época de juegos.


      Desgraciadamente no es la peor imagen que despertamos. Aquellos con conocimientos, aunque sean básicos, de psicología, pueden llegar a ser más drásticos. Recordemos que somos vistos como personas que pretendemos ser otros; vemos con la mayor veracidad que los demás son otros seres que, sabemos de antemano, no lo son; incluso llegamos a sentir emociones reales en base a situaciones inexistentes. Tenemos todas las señales de un padecimiento esquizoide. Es decir, no somos niños, estamos locos.


      Hay quienes en realidad se sienten interesados por nuestra profesión... o, al menos, por aquello que ellos creen que es la actuación. Sin embargo, éste grupo tiende a confundir nuestra actividad con la farándula. Embarullados por los reportajes de espectáculos, tienden a pensar que ésa es la verdadera vida de los actores. No quiero decir que aquellas famosas estrellas del cine y la televisión no son en realidad actores, sin embargo, no es lo mismo la actividad actoral que su vida pública y ésta última es la que la gente tiene presente. Por dicho mal entendido, damos la imagen más triste de todas, la de seres banales y ególatras, con escasez de seso.
     Pueriles, desconectados de la realidad y con severos problemas de autoestima, con tan pobre aceptación social y, afrontémoslo también, tan escaso ingreso monetario, ¿por qué habemos personas que decidimos dedicarnos a éste arte y enfrentarnos a tan cruel destino? Simplemente porque nos hace feliz. Porque no podríamos vivir haciendo otra cosa. Somos teatreros, digámoslo con orgullo.


Guillermo Herrera

     Muchas gracias por su lectura. Como siempre, estamos abiertos a sus comentarios en nuestras redes sociales. Esperamos escuchar de ustedes.

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martes, 12 de noviembre de 2013

Paciencia, palomitas de maíz y la era digital.

     Uno de los más preciados recuerdos de mi infancia es cuando mi abuelo, en una tarde en que mi hermano y yo nos habíamos quedado a su cuidado, quizá porque ya o sabía qué más hacer con nosotros, decidió prepararnos unas palomitas de maíz. Estoy hablando de hace ya bastantes ayeres por lo tanto, no había horno de microondas en casa, así que dichas palomitas fueron elaboradas de la manera más tradicional, vertió aceite en un sartén, lo colocó al fuego y dejó que el maíz palomero se fuera transformando, lentamente, en tan deliciosa botana.
     No recuerdo cuánto tiempo pasamos viendo cómo explotaba el maíz pero, hasta el día de hoy, no he olvidado la emoción que nos producía a mi hermano y a mí ver saltar los granos y convertirse en palomitas. Un espectáculo patético, lo se, pero inolvidable.
     Fue la última vez que me tocó vivir tal experiencia, tiempo después mis abuelos se actualizaron y compraron un horno de microondas. Desde entonces, ya no esperamos más de 3 minutos para tener un platón de palomitas en nuestras manos. Por supuesto que para las personas como yo, cinéfilos que no podemos ver una película sin palomitas, es muy conveniente tener acceso rápido a nuestras golosinas, sin embargo, nunca he disfrutado de ver el sobre girar en el horno, no es la misma sensación de euforia la que me provoca el incesante zumbido del horno trabajando, ni me despierta la misma ilusión ver la bombilla encendida en el interior.
     Hace unos días estaba recordando ésta experiencia y concluí que no es el único cambio que me ha tocado presenciar.
     Como ya dije, soy un cinéfilo por herencia materna. En ésos aspectos los avances han sido fenomenales. Antes veíamos los avances de una película y teníamos que esperar meses hasta que llegara a cartelera. Si la cinta te gustaba y querías adquirirla en video debías esperar meses, casi un año, antes de que saliera disponible a la compra o renta. Hoy en día los estrenos son casi instantáneos en Estados Unidos y en México; y en más de una ocasión me ha tocado ver en las tiendas una película que aún esta en cartelera. 
     Los largos periodos de espera que pasábamos en la obtención de nuestros deseos me enseñaron una habilidad, preciada y muy necesaria en el medio teatral, la paciencia.
     No me malinterpreten, me encantan las facilidades que nos brinda la internet y las redes sociales; pero,como con cualquier otra herramienta, no todo es color de rosa, existe su lado negativo. Como profesor de actuación me ha tocado ver de cerca la desesperación de los muchachos al tardarse en desarrollar sus habilidades. Acostumbrados, como están, a obtener todo con una rápida búsqueda en línea, no saben cómo reaccionar cuando no pueden acelerar los procesos. 
     Y es que, así son las cosas, en ésta vida las habilidades no se pueden obtener de un día para el otro. Tardamos en aprenderlas y, una vez que las comprendemos, necesitamos "apropiarnos" de dicho conocimiento para que nuestro cuerpo pueda reaccionar sin necesidad de pensar conscientemente en lo que pretendemos hacer. Ése es el momento más desesperante del proceso, cuando ya comprendemos lo que deseamos pero no logramos hacerlo.
     Si haz logrado leer hasta aquí, todo lo que quería decir con ésta revoltosa red de recuerdos y elucubraciones es que, al prepararnos para una actividad creativa necesitamos un prerrequisito, desarrollar nuestra paciencia.
     Es una pena que no nos enseñen ésta habilidad en las escuelas, es imprescindible pero siempre nos dejan rascarnos con nuestras propias uñas. Debemos enseñarles a los alumnos que van a cometer errores, es imposible no hacerlos, pero eso no es señal para renunciar, es el camino para aprender.

Guillermo Herrera

     Como siempre, agradezco la lectura de éste escrito. Por favor, ayúdenos a llegar a más personas, compartiendo la liga en sus muros de facebook y/o twitter. Déjenos sus comentarios para que podamos saber si están o no de acuerdo con nosotros y podamos aprender en conjunto.
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     Gracias. Hasta la próxima.

viernes, 1 de noviembre de 2013

Los niños, el público más difícil.

     Como les anunciamos a través de nuestras redes sociales estaremos presentes en FIL niños, presentando un taller de actividades. Fue en vísperas de preparación y prueba de dicha actividad en la que recordé la frase que da título al presente artículo.
     "Los niños son el público más difícil" es habitual escuchar dicha afirmación de todo aquel que se entera de tu intención de dedicar tus esfuerzos a ellos.
     Desgraciadamente la multicitada frase (los niños son el público más difícil) viene seguida de una explicación que, a mi manera de ver, echa por los suelos la veracidad antes mencionada. Suelen decir, "Ellos no se tientan el corazón, si se aburren se pararán y se pondrán a correr por toda la sala". 
     Primero que nada, no se cómo planean sus trabajos, pero yo le dedico tiempo en prepararme para el caso contrario, es decir, no veo a futuro que ellos se aburran ya que mi esfuerzo está en conseguir lo contrario. Se que esto no es garantía de éxito, que siempre que me paro en un escenario existe la posibilidad de fracasar y resultar insoportablemente aburrido para el público asistente, sean niños o adultos; sin embargo, estoy consciente de que la preparación ayudará a limitar ésta indeseable posibilidad.
     En segundo lugar me gustaría preguntarle a todos los que adoptan como dogma esta "verdad" infantil, ¿es lo único que les preocupa? ¿Por qué se espantan tanto por lo que los pobres niños aburridos hagan para entretenerse y no los petrifica la posibilidad de alienarlos así? ¿Si los niños se aguantaran el tedio y esperaran pacientemente, en silencio y sentados en su lugar, el momento final de la obra y aplaudieran respetuosamente el esfuerzo de los actores; dejarían de ser el público más difícil? Quizá sea mi lado pesimista pero siempre que escucho ésta frase-dogma me da la impresión de que a algunos "(h)artistas" escénicos no les apura hacer pasar un momento aburrido al respetable, siempre y cuando se mantengan en su asiento, les aplaudan y no hagan ninguna acción que demuestre su descontento. Nos gusta el auto-engaño.
     Al hablar de esto llega a mi memoria una de las experiencias más lamentables de mi carrera. Hace ocho años decidí, junto a un amigo, producir una obra. Era mi primer experiencia en éste rubro, le dedicamos mucho tiempo, esfuerzo y dinero en lograr crear nuestro montaje. Estábamos muy orgullosos del resultado, hasta el momento de presentarlo frente al público. Debo reconocer que fuimos un desastre total, la obra fallaba de principio a fin, no producíamos la risa que esperábamos, no conmovíamos con nuestra "entretenida" historia, los personajes eran completamente olvidables un segundo después de terminada la función y, sobra decir, que no conseguíamos hacer llegar, en lo más mínimo, el mensaje que pretendíamos comunicar al público. Lo repito, un fracaso de dimensiones monumentales.
     No es el haber fallado lo que quiero compartir. El punto es que, en las pocas funciones que dimos con esa obra "de cuyo nombre no quiero acordarme", contamos con público educado y respetuoso, de ése que se aguantaba el sopor y se mantenía sentado en su butaca; y nos brindaba sus aplausos al final de la obra. Nunca he sentido mayor humillación y dolor que recibiendo ése aplauso obligado por la "educación" ¿Por qué algunos actores prefieren ese aplauso mecánico y sin ánimo a un rotundo silencio? No lo se, no lo puedo entender. Quizá porque pueden convencerse de que ése aplauso es real, quizá porque no se dan cuenta que no les están agradeciendo su trabajo sino apresurando el momento de irse, tal vez porque nunca les ha tocado vivir la experiencia de la derrota total. Por mi parte, que he experimentado ése y otros infortunios en el quehacer teatral (quizá después se los comparta), puedo decirles que no le temo a que los niños se levanten y se pongan a correr por la sala en caso de aburrimiento pues he aprendido a prepararme para mantener entretenidas sus curiosas mentes a pesar de que tengan una curva de atención muy breve; a hablarles usando sus referentes y gustos; a recordar lo que se sentía vivir ésa edad; a convertirme en uno más de ellos.
   Sigo pensando que los niños son el público más difícil, pero no por su falta de tacto, sino por la responsabilidad que implica actuar frente a ellos; porque se que presentarle un trabajo de mala calidad a un pequeño lo puede alejar indefinidamente de los foros, que no solo fracasamos en una función sino que matamos al público potencial que habita en ese pequeño que tiene la desgracia de ver nuestro mal trabajo. Los niños son el público más difícil porque son el que más cuestan, si hacemos bien nuestro trabajo traerá enormes beneficios futuros pero también, cuando fracasamos frente a ellos generará terribles consecuencias.
     A pesar de todo lo anterior, no tengan miedo de crear trabajo infantil. Prepárense y arriésguense. El proceso es extenuante, pero la experiencia es inolvidable.

Guillermo Herrera

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lunes, 7 de octubre de 2013

El público opina

     Pues el artículo que publicamos la semana pasada ha tenido sus lectores y esto ocasionó variadas reacciones. Eso nos llena de alegría, ya que no pretendemos tener la verdad absoluta sobre el quehacer teatral (ni creemos que exista un depositario de la misma). Por el contrario, estamos convencidos de que el teatro se nutre con el diálogo y la interacción con los demás.
     Por éste motivo, nos atrevemos a publicar una de las respuestas más interesantes que recibimos. Llamémoslo, el público opina.
     Quiero aclarar que el siguiente texto fue escrito por alguien que no se dedica al teatro, sino por un abogado, aunque, debo reconocerlo, un lector empedernido y amante de la expresión artística en general.

  • ¿ Por que se hace teatro ?, para esta pregunta, en resumen, se encontrarán diversas respuestas, todas ellas provenientes, por lo general, de la necesidad de enlazar el pensar, el decir y hacer por una satisfacción protagónica que busca el artista que se jacte de serlo, si no; no seria artista. Porque, ¿a quién no le gusta un buen aplauso?, que se le reconozca su labor y mas aún, que se le reconozca por las muchas personas que por él han existido, por los personajes a que ha dado vida; y su trabajo sea alabado por las gentes en la calle, en el bar, etc... Ah, ¡que delicia ser protagónico y reconocido además! ¡Es el alimento del artista!
    No creo eso de que se hace por el arte y por el bien de los demás; se hace por que se gusta, porque es agradable ser reconocido en lo que se hace; cómo cualquier profesionista o artesano u obrero, nos gusta sentir el aplauso y eso no esta de sobra, y esta bien.
    Y a la pregunta, ¿cuál es la finalidad de hacer teatro? Yo diría, como bien dices tú, que el sentido de hacer teatro sería mas bien el trascender, entreteniendo al público, público que merece en todo momento el respeto suficiente, que independiente del protagonismo del artista, el público salga satisfecho con lo que se le presentó y pueda decir: ¡valió la pena, está de pocas! te lo recomiendo.
    Entretener a una persona es fácil, a lo mejor a dos; pero a un público amplio, a un conglomerado que cada cerebro actúa piensa y discierne distinto, es complicado y no puede hacerse si no se le respeta y se piensa en él para que se entretenga, se sienta satisfecho.
    El artista debe de considerar un aspecto primordial; antes de su paga o su peca, de su lustre o su brillo, de su protagonismo o su satisfacción; debe de pensar en entretener y buscar satisfacer a ése público, por ello es mejor pensar ¿cuál es la finalidad de hacer el teatro que hago? y considerar como respuesta, que la finalidad es entretener. La paga y la peca, el lustre y el brillo, el aplauso o el abucheo; viene después. Entretener, es otorgar un poco de vida al alma atribulada por el hacer cotidiano, me parece centrada y madura tu posición ENTRETENER debe de ser la finalidad del teatro, como GARRICK : ENTRETENER riendo, aunque se llore.
     Gerardo E. Salas V.

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